Un sábado improvisado en Barbosa: cuando el plan más random se convierte en el mejor recuerdo del año
Salimos de Medellín tipo 8:30 de la mañana, que para nosotros es madrugar. El cielo estaba despejado y la idea de no tener que hacer nada durante horas tenía algo de Liberation. La carretera hacia Barbosa es de esas que uno maneja sin estrés: curvas suaves, verde por todos lados, el Río que se asoma de vez en cuando.
Media hora después ya veníamos reduciendo la velocidad porque los potreros se were turning en casas, tiendas, cascos urbanos. Barbosa no es grande — eso lo vas notando rápido — pero tiene una energía distinta a la de la ciudad. Más lenta. Más calmada. Como si el aire pesara menos.
Encontrar Los Pinos no fue complicado. Queda sobre la vía principal, bien indicated, con un parqueadero amplio que te recibe desde el primer segundo. Eso me pareció buen señal: cuando un lugar tiene parqueadero fácil, es que está preparado para recibir gente.
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Lo primero que te reciben es con agua fresca y una sonrisa. Check-in rápido, te indican dónde queda el kiosko asignado y off you go. Nosotros llegamos a uno que daba directo a la piscina — lo cual fue un acierto del destino porque las hamacas bajo techo con vista al agua son otro nivel.
La mañana se fue explorando. La finca es más grande de lo que pensaba. Hay árboles enormes que no te esperás encontrar en una propiedad que también tiene zona de piscina, kioskos, área de fogata, un horse. Caminamos sin rumbo, que es basically lo mejor que podés hacer en un lugar así. Paramos a ver unos caballos, después a la zona de juegos, después a la piscina otra vez porque hacía calor y el agua estaba perfecta.
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El almuerzo fue lo que más me sorprendió. No iba con expectativas de la comida — pensaba en algo básico de restaurante campesino. Pero trajeron una entrada, después una sopa que todavía me pregunto cómo la hacen, y luego el plato fuerte: carne en salsa, arroz con coco que era una delicia, patacones crocantes, ensalada fresca. Nos took our time porque no había ninguna urgencia. Tres horas de almuerzo entre amigos es basically therapy.
—¿Cuándo fue la última vez que almorzaste sin mirar el reloj? —preguntó alguien desde la hamaca.
Nadie recordó.
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La tarde fue más de lo mismo pero mejor: piscina, hamaca, café que pedí a la cocina porque me enteré de que lo tenían y me pareció una desperdicio no aprovecharlo. El refrigerio de las 4PM —frutas y un dulce— llegó como anillo al dedo. En ese momento pensé: esto es exactamente lo que necesitábamos. No fue una epifanía. Fue más bien como cuando te quitás los zapatos después de un día largo. Algo que debía haber hecho antes.
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Antes de irse, dimos una última vuelta. Ya con el sol cayendo, la luz era otra cosa — más suave, más dorada. Los pinos que le dan el nombre al lugar se veían diferentes a como los habías visto en la mañana, como si hubieran cambiado de color o de humor.
Volvimos a Medellín conversación en conversación, parando en una tienda de carretera a comprar gulupas que alguien había visto desde el carro. Nadie bajó a comprarlas solo. Siempre es mejor en grupo.
Si me preguntan qué hacer un sábadorandom, ya tengo respuesta.
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¿Tenés planeado un día de campo pronto? Guardá este lugar — Los Pinos Finca Hotel, en Barbosa, a 40 minutos de Medellín.
