Medellín y el Valle de Aburrá: Nuestro turismo debe proteger a los niños
Medellín ha cambiado. Todos lo sabemos. La ciudad que durante años fue sinónimo de violencia hoy se llena de turistas que vienen a conocer su río rejuvenecido, sus bibliotecas parque, su metrocable y esa forma de vida que enamora a quien la visita. El Valle de Aburrá —con Envigado, Sabaneta, Itagüí, Bello y La Estrella— se ha convertido en un polo de desarrollo turístico que crece mes a mes. Eso nos llena de orgullo.
Pero también nos exige responsabilidad.
Porque donde hay turismo, hay dinamismo económico. Y donde hay dinamismo económico sin control, hay menores que pueden quedar expuestos —los más vulnerables— y caer en redes de explotación. Medellín y sus municipios vecinos no son ajenos a esta realidad. Hay un documento de la propia Alcaldía de Medellín que lo advierte con claridad: la Explotación Sexual Comercial de Niñas, Niños y Adolescentes asociada al turismo existe en esta ciudad, y combatirlas es tarea de todos.
Las cifras duelen. Según el DANE, en Colombia se registran en promedio seis menores de edad víctimas de explotación sexual al día. Seis niños despertando cada mañana en una pesadilla que nadie eligió. Y aunque Medellín ha mejorado ostensiblemente en seguridad, esas estadísticas no desaparecen solo porque hayamos puesto wifi en el metro o festivales en Plaza Mayor.
Parte del problema está en que nos resistimos a verlo. Nadie quiere pensar en esto mientras toma un café en El Poblado, camina por la Avenida Carabobo o disfruta un fin de semana en una finca de Sabaneta. Pero la mirada cómplice —la del que "no quiere meterse"— es exactamente la que facilita que las redes de explotación sigan operando.
Entonces, ¿qué podemos hacer los que amamos este territorio?
Primero, reconocer que aquí también pasa. El turismo sexual infantil no es un problema de otras ciudades. Existe en Medellín, existe en Envigado, existe en los corregimientos del Valle de Aburrá. Existe en los municipios cercanos que visitamos los fines de semana —Santa Fe de Antioquia, Girardota, la zona rural de Barbosa— donde el turismo de fin de semana crece sin que la infraestructura de protección avance al mismo ritmo. Reconocerlo no es mancharse. Es asumir que tenemos algo que defender.
Segundo, aprender a estar atento sin volverse paranoico. Si en un hotel o restaurante de Laureles o Estadio notas que un menor de edad trabaja hasta tarde en horarios que no son para niños, eso merece una llamada. Si alguien que no conoces te ofrece "conexiones" con jóvenes en un bar de El Poblado, eso merece una llamada. Si en una fiesta o evento de algún corregimiento ves adultos con adolescentes en situaciones que no te parecen normales, eso merece una llamada. No necesitas certeza — necesitas sospechar. Confía en tu instinto cuando algo te haga ruido.
Tercero, saber a quién llamar. La línea 141 del ICBF funciona las 24 horas, es gratuita y recibe denuncias anónimas. Es tu primer recurso. Si hay una emergencia o una situación de riesgo inmediato, el 123 conecta con la línea de emergencias. La Policía Nacional tiene grupos especializados en esta materia —el GAULA— y también operan en Antioquia. Y si eres operador turístico, el ICBF Regional Antioquia tiene asiento en Medellín y puede orientarte sobre protocolos de prevención.
Cuarto, si tienes un hotel, una agencia, una experiencia turística, una finca que recibe visitantes en el Valle de Aburrá, el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo tiene cursos gratuitos y materiales específicos para el sector. La campaña #OjosEnTodasPartes fue diseñada precisamente para que cada persona involucrada en turismo sea un protector. No es un curso largo ni aburrido. Son herramientas concretas que pueden hacer la diferencia entre que un niño sea rescatado o que siga atrapado.
Hay algo que me parece importante decir. Nosotros trabajamos en turismo. Creemos genuinamente en lo que hacemos —en mostrarle al mundo la belleza de Antioquia, la calidez de Medellín, la magia del Valle de Aburrá. Creemos en el turismo como herramienta de desarrollo. Pero ese desarrollo solo vale la pena si los niños de aquí pueden crecer libres, seguros, y ser ellos mismos los que, dentro de unos años, le muestren su ciudad al mundo.
No podemos construir un destino turístico maravilloso sobre la vulnerabilidad de quienes más lo necesitan. Eso no es turismo — es explotación disfrazada de progreso.
Así que la próxima vez que camines por Manila, que tomes el metro a Niquía, que vayas a un mirador en Santa Fe de Antioquia, o que alquiles una finca para un paseo con amigos: abre los ojos. Si algo no está bien, llama al 141. Denunciar no es delatar — es proteger.
Porque el Medellín que todos amamos solo existe mientras alguien esté dispuesto a cuidarlo.
Fuentes: Alcaldía de Medellín, ICBF Regional Antioquia, Policía Nacional de Colombia, DANE, Ministerio de Comercio, Industria y Turismo de Colombia. Datos nacionales de explotación sexual infantil: DANE - Instituto Nacional de Salud.