Semana Santa en Barbosa, Antioquia: La Tradición del Diablo que Enamora al Mundo
Barbosa es patrimonio cultural de la Semana Santa desde 2008, pero el verdadero valor de esta celebración no está en ningún diploma en la pared. Está en las calles, en los balcones llenos de gente, en los recuerdos de familias enteras que llevan generaciones siendo parte de esto.
Aquí la Semana Mayor no es solo liturgia. Es un espectáculo donde lo sagrado y lo profano se entrelazan de una manera que solo quien lo vive puede entender.
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Todo empieza el Domingo de Resurrección, muy temprano. Antes de que el sol suba del todo, aparece el personaje más esperado del día: el diablo.
Vístete de negro, píntate la cara, ponte unos cachos pequeños en la frente, atrávete una corbata roja —siempre roja— y échate al hombro un cajón lleno de vejigas de novillo infladas, amarradas a cordeles resistentes. Así sale cada año, desde hace más de ocho décadas, a recorrer las calles de Barbosa persiguiendo a quien se le atraviese.
Y sí, las vejigas pegan. No duelen como un golpe normal, pero queman la piel. Por eso todo el mundo corre. Bueno, todo el mundo menos los que ya saben cómo funciona el juego: si no quieres recibir el vejigazo, le das al diablo mil o dos mil pesos. Es lo que se llama "comprar la paz". El dinero lo recogen los sayones, otros personajes de la fiesta que visten como soldados romanos y que acompañan al diablo durante toda la jornada.
Ahora, la cosa no es tan simple. Hay quienes le pagan al diablo para que le pegue a otra persona. Y los másoquistas de turno —como aquel turista que una vez pagó $50.000 por un vejigazo especial— existen también. Dice la leyenda que un barboseño le dio $100.000 al diablo para que le pegara a un vecino, y el vecino, enterado, le pagó otros $100.000 al mismo diablo para que le devolviera el golpe. Al final, el único que ganó fue el personaje.
Hay reglas, claro. El diablo no puede entrar a casas ni a negocios, y jamás pega en la cara. Y los habitantes no se enojan si les toca: si sabes que pegan, para qué vas. Esa es la premisa.
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Pero, ¿de dónde salió esta locura?
Todo comenzó en 1941, gracias al presbítero Juvenal Vásquez Chica, quien quería un personaje que hiciera arrepentir a la gente de sus pecados y los hiciera más fervorosos durante la Semana Mayor. Un habitante local llamado Clímaco Vahos, que trabajaba en una carnicería y tenía acceso a vejigas de novillo, se ofreció como voluntario. Se pintó la cara de negro, se puso unos cachos, colgó el cajón de vejigas en la espalda y salió a la calle.
Su hija Lola tenía seis años cuando lo vio llegar disfrazado la primera vez. Se escondió debajo de la cama, aterrada. "Mi papá era un borracho y lo convencieron fácil. Cuando llegó por la noche ya estaba caído de la rasca, nosotros nos escondíamos y mi mamá nos decía que ese era el papá, pero nos daba miedo", cuenta Lola, hoy con 89 años y memoria prodigiosa.
Clímaco repitió el papel casi por diez años, hasta que tuvo que huir de Barbosa por la época de la Violencia. Nunca más volvió: murió en Medellín en 1952. Pero la tradición quedó.
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Lo que viene después de la recorrida del diablo es la procesión del resucitado. Aquí está otra diferencia con otros pueblos: los cargueros del monumento no van en marcha lenta solemnemente. Van bailando. La procesión es más larga por eso, pero también más alegre.
Y cuando todo termina, cuando el Cristo resucitado ya está en su sitio, llega el final del show: el diablo debe desaparecer. No en sentido figurado. Literal.
Se quema un muñeco gigante, rellenado de pólvora y aserrín, colgado en el parque principal. El personaje real huye, temblando, asustado —todo es actuación, claro—. El bien se impone sobre el mal, la envidia se quema, las malas energías se van con el humo. Eso es lo que simbólicamente significa todo esto, aunque muchos lo vivan simplemente como una fiesta espectacular.
Hasta 1985 existía el "testamento del diablo", una sátira que se leía antes de quemar el muñeco, con herencias como "el brasier del seno de Abraham". El párroco de la época la abolió. También prohibieron la canción parrandera que sonaba después. Lo que quedaba era una fiesta con aguardiente y baile, porque en Semana Santa Barbosa también se toma.
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Hoy la tradición sigue viva, aunque con cambios. Ya no sale un solo diablo: ahora salen dos. Entre los más recordados están Saúl Meneses, José William Carmona —quien interpretó al personaje por casi dos décadas— y Juan Pablo Córdoba, que lleva haciéndolo desde 2018.
Juan Pablo cuenta que desde niño veía todo desde el balcón de su tía, muerto de la risa. Pero estar abajo, en la calle, siendo el diablo, era otra historia. "Primero me asustaba mucho, no podía ni dormir pensando que me iban a arrancar la cola o los cachos", dice.
Para la jornada se inflan casi 150 vejigas, porque se van rompiendo con los golpes. La misión del diablo es gastarlas todas.
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Muchos párrocos han intentado eliminar esta tradición a lo largo de los años. Ninguno lo ha logrado. Y los habitantes lo saben: no se puede matar algo que es más fuerte que cualquier autoridad religiosa.
> "Por el hecho de existir el diablo, el día de resurrección concurre más la gente. Barbosa ha cogido fama por esto", dice Jorge Velásquez, un vecino del municipio.
Y no es exageración. Turistas de todo el país y del extranjero llegan cada año a vivir esta experiencia que los propios barboseños califican como única en el mundo durante Semana Santa.
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Si vas a Barbosa en Semana Santa, ten esto en cuenta:
Abre bien los ojos, porque el vejigazo llega sin avisar. Lleva $1.000 o $2.000 en el bolsillo por si quieres evitarlo. No te enojes si te alcanzan —es parte del juego—. Busca un buen puesto en balcón o terraza para ver la procesión, y sobre todo, quédate hasta el final: la quema del diablo en el parque principal es el momento más intenso de toda la celebración.
Y si te animas, únete. Algún dia nuevo barboseño va a necesitar un reemplazo.
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Fuentes: Telemedellín, El Colombiano, Alcaldía de Barbosa

